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sábado, 28 de enero de 2012

Esto es todo.


Esto que me crece dentro del estómago y me sube hasta la garganta es la rabia, el necesitarte sin ser cierto, el querer tener un poco de ti que está prohibido, el echarte de menos sin ni siquiera haberte tenido, sin saber si es real, sin saber si es algo “de verdad”. La rabia de pensar que no quiero jugar más, que me he cansado de apostar y de perder mil veces… o de llevarme un premio que no me corresponde.

Esto es la soledad de despertarme en medio de una oscuridad infinita y  que lo único que haga falta sea una palabra, un aliento, un susurro, un grito. Tuyo o mío, eso da igual. Pero algo que me devuelva a la realidad, al aquí y ahora. A este momento que estoy viviendo que no parece mío.

Esto es el vacío que siento cuando me levanto por las mañanas y pienso que no hay nada por lo que merezca la pena luchar. Luchar de verdad. Hay cosas por las que esforzarse, pero ninguna por las que luchar sea tan necesario como respirar, como necesitar beber agua cuando te quema la garganta de la sed.

Esto es la sensación de que las cosas pueden cambiar, pero, ¿cuándo?. Porque a veces te juro que escucho cada tic-tac de la manecilla del reloj y no parece que el tiempo vaya a ir más deprisa, ni las cosas a mejor.

¿En qué punto exacto dejamos de ser quien queremos ser para pasar a ser lo que creemos ser?

Esto son las lágrimas de plasmar todo lo que siento en un papel. El leer la desesperación hecha palabras. El llorar durante horas sin que se me sequen los ojos, aunque yo espere lo contrario. El dolor escrito en tinta negra.

Hasta aquí he llegado.


domingo, 28 de agosto de 2011

Que no tengan corazón


Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con trapecistas, magos, payasos... Pero la princesa se aburría. Entonces, apareció un enano, un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. El enano fue todo un acontecimiento.

"Bravo, Bravo", decía la princesa aplaudiendo y sin dejar de reír. Y el enano, contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido. "Sigue saltando, por favor" dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos...

Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla, convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque. "Ella no es feliz aquí" pensaba el enano. "Yo la cuidaré y la haré reír siempre". El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito.

"Ah estas aquí ¡Qué bien! Baila otra vez para mí, por favor". Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. "Ya no bailará más para vos, princesa" le dijo. "¿Por qué?" preguntó la princesa. "Porque se le ha roto el corazón". Y la princesa contestó: "De ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón".



*Texto sacado de alguna parte. No es creación mía, pero me encantó.

jueves, 14 de abril de 2011

ENGAÑOS


No quería acordarme del bosque. Los ojos se me llenaban de lágrimas incluso aunque diera cabezazos hasta sacarme las imágenes de la cabeza, y el dolor daba comienzo en los bordes del agujero de mi pecho. Retiré una mano del volante y rodeé mi torso con el brazo libre para intentar mantenerlo todo en una pieza.

Será como si nunca hubiese existido. Las palabras atravesaban mi mente, pero sin la claridad perfecta que había tenido la alucinación del día anterior. Sólo eran palabras, sin sonido, como las letras impresas en una página. Sólo palabras, aunque rasgaran y mantuvieran el hueco de mi pecho bien abierto. Me salí de la vía principal de forma brusca, en una zona ancha que había a mi derecha. Era consciente de que no podía conducir en ese estado de incapacitación.

Me encogí, presioné el rostro contra el volante e intenté respirar a pesar de mis pulmones.

Me pregunté cuánto más podría durar esto. Quizá algún día, dentro de unos años, si el dolor disminuía hasta el punto de ser soportable, me sentiría capaz de volver la vista atrás hacia esos pocos meses que siempre consideraría los mejores de mi vida. Y ese día, estaba segura de que me sentiría agradecida.

Pero, ¿y qué ocurriría si ese agujero no llegaba a cerrarse nunca? ¿Y si las heridas en carne viva jamás se curaban?¿Y si el daño era permanente, irreversible?

Me rodeé el cuerpo con los brazos y apreté con fuerza. Como si nunca hubiese existido, pensé con desesperación.¡Cómo había sido capaz de hacer una afirmación tan estúpida y tan absurda! Podía haber robado mis fotos y haberse llevado sus regalos, pero aún así, nunca podría devolver las cosas al mismo lugar donde habían estado antes de que le conociera. Yo había cambiado, mi interior se había alterado hasta el punto de ser irreconocible. Incluso mi exterior parecía distinto.

Como si nunca hubiese existido. Menuda locura. Aquella fue una promesa que él no podía mantener, una promesa que se rompió tan pronto como la hizo.